Opinión

La sociedad de la pantalla

10 minutos

Publicación: 26 de Octubre de 2017

Autoría: Aquileo Venganza

Ahora, cuando todos los sucesos violentos terminan documentados visualmente, hemos comenzado a darnos cuenta de la verdadera naturaleza humana. Colombia no es la excepción.

Se trata de una realidad global, del dictamen máximo del mundo contemporáneo: toda mediación se produce en primer término por un teléfono inteligente (decir celular es arcaico). Es cuestión de levantar la cabeza, para darse cuenta de que nadie tiene la cabeza levantada. El mundo de las telepantallas, jamás Orwell pudo imaginarlo mejor.

Este dominio de la inteligencia tecnológica, por encima de la humana, se basa en una alienación un tanto diferente a la que promulgaba El Gran Hermano en la novela 1984. Más que una cancelación de las libertades, se trata de una expansión absoluta y desproporcionada de las posibilidades humanas: el conocimiento, la omnipresencia, la creatividad, todo es fácilmente asible mediante pequeños fragmentos, tomados como un todo.

No existe ni la más mínima noción de retroceso, estancamiento o regresión, en un mundo donde la tecnología está en todos lados, donde llega mucho más de los poderes estatales o las dinámicas de los mercados globales. No es de extrañarse que, hasta en las comunidades rurales más apartadas, donde durante décadas no ha habido una sola institución nacional, llegue primero ‘el Whatsapp’ y ‘el Facebook’ que los servicios básicos.

Una relación tan profunda y amena nos ha llevado a que, cada mínimo aspecto de la sociabilidad contemporánea sea parte del juego de la virtualidad. Hemos aprendido a trasladar todas las necesidades al multitasking de las máquinas, cada momento del desarrollo humano, con la compañía de un confiable “aparato” tecnológico omnipresente.

Pero no se trata de una crítica al curso normal del desarrollo tecnológico, es más bien un reconocimiento. No estamos solos, ni mínimamente cerca de ello. Detrás de la pantalla inerte hay millones de seres vivos esperando encontrarse con otros, como ellos, detrás de la pantalla inerte. Y siempre necesitamos encontrarnos y decir que somos parte de algo y que muchos otros, no.

Una confraternidad como esta, convertida, con el tiempo, en rutinaria y constante compañía, termina por construir una imagen digital, más o menos fidedigna, pese a cualquier intento de los usuarios por convertirse en avatares de sí mismos.

Estamos descubriendo, gracias a los ojos globales, los más recónditos lugares de la naturaleza humana y hasta dónde se puede doblar. Esos mismos episodios, que antes eran narrados como anécdotas de las grandes guerras, como descripciones de un pasado barbárico, se han descubierto, para sorpresa de la avanzada aldea global, como sucesos del día a día en todos lugares del mundo.

Asesinatos de niños, lapidaciones públicas, violaciones, actos de canibalismo, excesos de la autoridad, todo frente a nuestros ojos abiertos y desorbitados por el cruel tratamiento de la realidad. Pero tranquilos todos, porque frente a cada de esos sucesos ya no testigos: son maleables, generan desconfianza y tienden a confundir; tenemos ahora en cambio una cámara siempre dispuesta a transmitirnos, incluso en vivo, todas esas cosas que negamos cuando no estamos viendo.

Así que insisto, tranquilos todos, ya no hay necesidad de expiación solitaria para los crímenes. Ya no hay impunidad. Ya llegó la luz y oficialmente podemos decir que marchamos fuera del oscurantismo. Tampoco hay dónde esconderse, porque detrás de la cámara inerte que graba una violación en plena vía pública, de las teclas que titulan una noticia interesante y de los dedos morbosos que disfrutan accediendo al contenido; hay un ser humano y eso si que es atemorizante.

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