Opinión

La mejor época de todas

10 minutos de lectura

Publicación: 31 de Julio de 2017
Autoría: Aquileo Venganza

A finales del año 2013 se suscitaba en Colombia una particular polémica entre dos personajes de importancia singular para la vida intelectual del país, el debate se desarrolló en sendas columnas de Héctor Abad Faciolince y William Ospina.

Todo comenzó con ‘El espantoso mundo en que vivimos’, de Héctor Abad, un texto en el cual el escritor antioqueño denunciaba la crítica exacerbada e inoficiosa de ciertos pensadores nacionales, proponiendo la tesis central de que la ciencia, la técnica y la historia misma, nos han conducido hacia un progreso tangible e irrefutable, hacia el mundo “menos espantoso que haya habido”.

La respuesta de Ospina se produjo (aunque ya en el 2014) tan solo una semana después.

En ‘Ciego toda la vida a todo eso’, el ensayista y filósofo tolimense se pregunta por todas esas desgracias que han venido de la mano del progreso y cómo las industrias han transformado y trivializado las necesidades y expresiones humanas, en pos del consumo y la rentabilidad capitalista.

No deja de ser curiosa la pertinencia intempestiva con la que se presenta una discusión de este talante, dado el tiempo y dadas las circunstancias del panorama híper-mediatizado en el cual se desenvuelve la actual formación de los sujetos y lo público desde la virtualidad.

Científicos sociales de gran trascendencia, como Hannah Arendt o Paul Ricoeur, se preguntaron alguna vez por la formación de la identidad en lo público, ya sea desde las narrativas o los discursos que nos sitúan como seres singulares a la luz de nuestros actos.

Pero ¿Cómo entran las narrativas a formar parte de un mundo en el que adquieren validez millones de visiones incongruentes, discontinuas y expuestas simultáneamente al grueso de los ‘usuarios’?

¿Cuál es la expresión singular que se espera, cuando cada planteamiento fragmentario, desligado y reaccionario, se constituye en la nueva arma de los fundamentalismos de todo tipo?

En el mejor de los casos se convierten en nada más que un depositario desfondado, con una cronología y una existencia propia en cierto plano de la realidad social, en el no-lugar al cual pertenecen.

Ese mismo lugar abstracto que se convierte, poco a poco, en el espacio verdadero, con su propia historia (histeria) sincrónica, narrada a partir del efímero transcurrir en las Stories de Facebook, Twitter, Instagram, Snapchat y ahora también Whatsapp.

Esa es, al parecer, la nueva tendencia de las compañías que modelan, miden, gestionan y rentabilizan el comportamiento social, el cual no es más que el apéndice virtual de algún supuesto ser vivo, cuya existencia es comprobada mediante el método ontológico del test CAPTCHA.

Arendt describía cómo la singularidad de la historia propia, alimentada por las acciones y el discurso, tenía la imposibilidad de ser notada por su protagonista en el acto, dado que únicamente podría ser narrada al terminar su existencia. Se producía entonces una separación entre quien vive y quien narra.

En la actualidad –todo ocurre al mismo tiempo- a medida que observamos los avances de la “ingeniería social” y supuestamente nos reinventamos luego de cada tweet, luego de cada publicación, cayendo una vez más en el juego de la velocidad, la inmediatez y el consumo controlado de estabilidad, seguridad y sobretodo simultaneidad.

Parece como si la expresión y el debate del discurso personal, que nos dice quién es la persona que está hablando, comenzara a trasladarse hacia una simple exhibición personal pretendidamente resumida y concisa, es decir, hecha a la medida del narrador y su apretada agenda multitareas.

Cada vez luce más distante la distopía de control autocrático propuesta por George Orwell en ‘1984’ y no precisamente por descabellada, sino por anacrónica.

Ya pasamos por allí, ya vivimos el ascenso de los sistemas políticos autoritarios y el doloroso influjo de sangrientas dictaduras, floreciendo en toda la gama de colores. Estamos en un periodo más bien psicosomático, mucho más cercano al ‘Mundo Feliz’ de Aldous Huxley.

Se trata de una época en la que no necesitamos cadenas ni opresión para mantenernos a raya, ya todo está adentro, ya sabemos cómo crear nuestras historias, cómo retratarlas y exponerlas de forma correcta y eficaz. Ya tenemos el soma en la sangre.

Pero este horizonte no necesita ser del todo sombrío, puede ser un momento en el que reconozcamos el cansancio y el hastío que provoca la saturación de identidades artificiales, logros efímeros e incompresibles y brutales imágenes violentas.

Para que un suicidio trasmitido a millones de personas en todo el mundo a través de Facebook Live, no se convierta en un hecho aislado que genere dividendos a los portales de noticias y entretenimiento (si no son ya la misma cosa).

Para que encontremos el sentido democrático real del internet y las redes sociales en las narrativas propias y nos demos cuenta de que nuestra cultura es la contracultura.

No existe nadie a quien le importe tanto nuestra historia como a nosotros mismos. El mundo digital y también el tangible, está suficientemente lleno de imágenes y narrativas como para pasarse una vida entera siendo el mero espectador de las noticias de Facebook.

Hay un mundo ahí afuera, hay cambios gestándose en entornos sociales donde nunca ha llegado el internet, hay historias que nacen y mueren para ser jamás contadas y, contrario a lo que se enseña en las facultades de periodismo: se puede existir sin aparecer en Google.


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