Opinión

La protesta social como paisaje urbano de Bogotá

20 minutos

Publicación: 2 de marzo de 2021

Autoría: Aquileo Venganza

Hay ocasiones en las cuales la protesta es la única alternativa posible ante la injusticia impune. Una gran cantidad de fuerzas confluyen y el descontento popular se torna en un mar de gente, que amenaza con devorar los roídos cimientos de lo establecido (¿Les suena el ‘21N’?).

En estas jornadas de lucha todos y todas somos necesariamente partícipes, la rabia está desbordada, el sudor se evapora y el enemigo se muestra más claro que nunca. Cuando algo así ocurre el mejor escenario que se espera es el de la manifestación convertida en estallido social, y que esas mismas fuerzas que le dieron vida trabajen juntas, para crear nuevas sinergias que involucren a la ciudadanía a largo plazo.

Desafortunadamente en Colombia, el desarrollo de estas sinergias y la prolongación del estallido han sido siempre tareas difíciles, y las divisiones comúnmente están a la orden del día. La ciudad es muy compleja en sus dinámicas propias, pero hay cosas que siempre mantenemos simples; cuando es necesario tomar un respiro, simplemente lo hacemos, en el mejor de los casos volvemos a lo que sea que denominamos hogar, dormimos y recuperamos fuerzas.

Paisaje Urbano

Cuando no hay posibilidad de recuperar fuerzas o de por lo menos darse un respiro, cuando el hogar es algo tan lejano que hasta en el recuerdo luce distante y más aún, cuando ese mismo hogar y la subsistencia en él, está amenazada por fuerzas que ni siquiera podemos alcanzar.

En un espacio cada vez más masificado, globalizado (desinfectado, porque estamos en pandemia) y desterritorializado, como la ciudad, es normal que las noticias sucumban en un océano de ruido y mensajes entrecruzados. Hace mucho que nos tragamos el cuento de la era de la información y el coronavirus nos obligó a lo digital.

Nos sabemos de memoria cuáles son los cánones de la viralidad en línea: que el contenido sea impactante y toque fibras sensibles por encima de todo contexto; el vandalismo en las protestas, las casas de los influencers, los matrimonios de los famosos; Sangre y dinero.

Eso es lo que tienen en común la ciudad y las redes, ambas constituyen lo que un antropólogo francés llamó no-lugares, porque en ellos se pierde fácilmente la lectura histórica e identitaria de los sujetos y los hechos. Por eso no es de extrañarse que ante ambas entidades, ciudades y redes, muchas realidades queden reducidas a historias mínimas y accidentales, que pasan a constituir un paisaje híbrido y amorfo.

El pasado fin de semana un nutrido grupo de agentes del Escuadrón Móvil Antidisturbios, ESMAD, bordeaba los alrededores del Palacio de los Deportes, en una de las zonas más céntricas de Bogotá. Pese a que se podría asumir que la policía se preparaba para las manifestaciones de la Semana Contra La Brutalidad Policial, la realidad era otra.

Casi invisibles ante la ola verde fosforescente de efectivos policiales, un grupo de personas yacían prácticamente inmóviles, protegidas a duras penas de la lluvia y el frío con las mismas pancartas que sostenían reclamos y arengas. Llegaron de varias regiones del país, de Putumayo, Córdoba, Tolima, Bolívar y Norte de Santander, con las fuerzas de su propia determinación y la solidaridad con sus compañeros y compañeras de causa.

Son maestros y maestras provisionales que durante años se han dedicado a brindarle acceso a la educación a niños, niñas y adolescentes en zonas del país vulneradas por el conflicto armado, conocedoras de las dinámicas de los territorios que habitan y la pedagogía en los mismos.

Como muchos otros grupos humanos de diversas regiones del país, se ven obligados a congregarse en la capital para manifestarse contra decisiones que afectan su trabajo diario y que se toman por encima de cualquier consideración frente a ellas, en esta ocasión se trata del decreto 882 del 2017 el cual coloca a maestros provisionales de una larga experiencia y arraigo en sus comunidades a participar en un concurso de méritos dirimido por la Comisión Nacional del Servicio Civil, dejándoles ante la incertidumbre de no poder seguir realizando la importante labor de la educación territorial en sus regiones.

Después de varios días acampando en el Palacio de los Deportes, los y las manifestantes fueron trasladadas a la Casa Cultural del barrio Policarpa, recibiendo un trato marginal por parte de la administración local. Docentes participantes del diálogo denunciaron a través de redes sociales que fueron separados y encerrados contra su voluntad.

Nathaly Lopez en Twitter: «Urgente!!! A esta hora maestros de zonas de conflicto que marcharon hasta Bogotá piden que los dejen entrar al Palacio de los Deportes donde se estaban quedando. La alcaldía ordenó cerrar, algunos quedaron adentro y otros afuera. Requerimos de la presencia urgente de DDHH @Citytv https://t.co/joF1N0OENx» / Twitter

Vaya a quejarse al ‘Mono de la pila’

Desafortunadamente, no es nada nuevo que se invisibilice a las personas que llegan desde todas las regiones del país a manifestarse a Bogotá. Las decisiones de los ministros, de las superintendencias, jueces, legisladores e incluso la misma Presidencia de la República, todas se centralizan en despachos capitalinos, mientras en las regiones las personas están a merced o del cacique político o de la imposición estatal que desconoce las múltiples realidades.

La frase que surgió como narrativa histórica de la importancia de las pilas públicas y sus plazas adyacentes como espacios de canalización del descontento popular desde hace siglos, “vaya a quejarse al mono de la pila”, se resignifica una vez más ante la centralidad de la presencia estatal en Colombia.

¿Cuántas veces no hemos visto pequeños grupos de personas que se turnan para permanecer inermes ante alguna institución que permanece inmutable ante sus reclamos?

No hay que preguntárselo tanto, solo hay que recordar que desde el año 2011, atravesando pandemia y todo lo que ha ocurrido desde ese entonces, un grupo de trabajadores de la empresa General Motors, agrupados bajo la Asociación de Trabajadores y Extrabajadores Enfermos de General Motors (Asotrecol), tuvieron que abandonar por completo a sus familias y demás actividades para literalmente vivir en una constante demanda por el reconocimiento por parte de la compañía de los múltiples padecimientos que sufrieron los empleados despedidos.

Allí, frente a la Embajada de Estados Unidos, en Quintaparedes, todavía persiste la improvisada carpa que les ha permitido resistir a los extrabajadores enfermos de General Motors desde el año 2011 día y noche, mientras poco a poco pasan a convertirse en la normalidad de un barrio acaudalado.

Pie de foto: Tomado de Twitter @CGTMetalMadrid

“(…)a veces sentimos que nos convertimos en parte del paisaje de la ciudad, la gente pasa, nos ve, y todo sigue igual”, le dijo en el 2014 uno de los trabajadores de Asotrecol a un periodista de El Espectador.

Así mismo cabe recordar los más de dos meses que vivieron los indígenas Zenú de Sucre Y Córdoba que reclamaban su derecho a la salud propia y a tener claridad en torno al manejo de la EPS Indígena Manexka, que fue cooptada por el accionar corrupto del clan Pestaña. A mitad del año 2017 con cambuches improvisados en las cercanías a la Superintendencia de Salud y realizando bloqueos intermitentes en la Avenida Cali, los indígenas también fueron convirtiéndose en parte del paisaje ruidoso del cruce entre la avenida antes mencionada y la Calle 26.

(1) Pablo Arango Robledo en Twitter: «Completamente bloqueada la Av Ciudad de Cali con Av el Dorado. Indígenas exigen que se cumpla un fallo judicial @Citytv https://t.co/C8xVfmlZGy» / Twitter

Tampoco hay que ir muy lejos, dado que apenas en el pasado mes de octubre un grupo de familias Embera Katío y Chamí provenientes de Risaralda abandonaron el Parque Tercer Milenio en el centro de Bogotá luego de residir durante más de tres meses en el espacio público, víctimas de la violencia del conflicto armado en sus territorios.

Por eso de vez en cuando valdría la pena preguntarse, a la luz de esas otras realidades que pasan como imágenes veloces a través de la ventana del Transmilenio, si estamos viviendo en una ciudad que es un organismo vivo, o estamos viviendo en un organismo sin consciencia que va devorando las realidades para regurgitarlas convertidas en paisaje.

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