Opinión

La última vez que abandoné al fútbol

10 minutos

Publicación: 8 de diciembre de 2017

Autoría: Aquileo Venganza

Recuerdo la última vez que quise dejar el fútbol de una vez por todas, me pasó lo peor que le puede pasar a un hincha exiliado: quedar campeón.

Tragedia del estadio de Hillsborough, Inglaterra, 1989. Foto: AP

El fútbol es uno de esos escenarios en la vida que uno solo puede reconocer desde ‘adentro’. Es una religión. Es un dogma. Una estructura de creencias y prioridades de vida a la que uno se suscribe o no. Solo el hincha lo sabe, así como lo saben el abad, el párroco y el pastor: ¿Qué sentido tiene no dedicar la vida entera a nuestra fe? No hay nada más que valga la pena, nada más para identificarse y simplemente creer de verdad y eso es estar “adentro”.

Esa noción de estar ‘adentro’ de algo, que es pura dicotomía —lo más ajeno y lo más propio que existe—, es la misma que permite esa idea que uno puede ‘salir’, ‘abandonar’. Pero, por lo menos a mí, el tiempo y los hechos me han demostrado otra cosa: se abandona un lugar, el estadio, la cancha, la casa, el bar, la iglesia; todos pueden quedar atrás, pero jamás se queda atrás la memoria, la reconstrucción que cada quien hace de esa realidad ajena para volverla trascendental y propia, para engrandecer los hechos o reducirlos a cenizas.

¿No les recuerda un poco todo esto a la idea de nación que se tiene en el exilio, sea voluntario o no? Cualquier tribuna de un estadio se convierte en el ejemplo ideal de esas comunidades imaginadas de las que hablaba Benedict Anderson: un grupo de personas que se construyen a sí mismos como parte de algo.

Mucho más en la tribuna visitante, donde se desdibuja completamente la división clasista del estadio y conviven los más adinerados, los famosos, la clase media, el barrista que viene durante kilómetros arriesgando su vida en una tractomula, el hincha que gana el mínimo y se lo gasta todo en camisetas y entradas, todos haciendo los goles, todos perdiendo, todos empatados, porque en esos casos es cuando más toma fuerza la palabra ‘nosotros’.

Pero uno ignora todas esas cosas cuando es niño, porque la seriedad de la vida y la del fútbol son la misma cosa.

Uno ve cómo las personas festejan, se emborrachan y se entristecen mirando una pantalla. Va de la mano de sus padres hacia un estadio para ver la magia de las fábulas, la mística de los cuentos, la rima de los versos; para ver gente enfrentándose, lanzándose cosas y golpeándose, ver barandas cayendo y gente que vuela.

Pero uno no lo entiende, solo corre hasta llegar al barrio después del colegio, se cambia y se pone los guayos. Se burlan del pésimo manejo del balón, lo eligen de último y se divierte porque no le importa nada más que correr y sudar, ser Ronaldinho o Zidane, ser campeón del mundo en una cancha de arena. Y regresar a casa en la noche, a pegar cromos en un álbum y esperar que sea mañana, para jugar de nuevo, para seguir llenando el Panini, para que lo lleven de nuevo a ver jugar, a ver esa vida a la que luego se va a enfrentar.

«Los niños no tienen la finalidad de la victoria, quieren apenas divertirse. Por eso, cuando surgen excepciones, como Messi y Neymar, son, entonces ellos, para mí unos verdaderos milagros», decía Eduardo Galeano, una de las voces más autorizadas para hablar de este deporte en Latinoamérica, un ‘mendigo del fútbol’, como se hizo llamar. Y así mismo lo reconoce Javier Marías, autor español, miembro de la RAE, que ha dedicado no pocas líneas al fútbol, describiéndolo como la “recuperación semanal de la infancia”.

A medida que uno crece, esa diversión va mutando para convertirse en una cruda y fría realidad. Lo normal de reconocerse en el mundo. Un mundo en el cual se encuentran las cosas bellas, principalmente como recuerdos o como pequeños sorbos de una luz lejana. Porque la belleza la construyen también los relatos, la memoria y en ella los actos adquieren su grandilocuencia.

“Una cosa era el juego y otra el relato, a veces mejor. Casi como si uno pudiera reconocer al mismo tiempo las dos versiones, las dos caras que llevan consigo todas las cosas del mundo, la de la realidad y la ficción, la del olvido y la memoria”, dice Juan Esteban Constaín, en una de sus columnas.

Precisamente en ese relato, que se construye como una narrativa colectiva en la comunidad de la hinchada, es donde crece la épica del fútbol. Los grandes relatos de los narradores que se desgarran la garganta con un gol, las frases grandilocuentes en el periódico para resumir el partido, el recuento oral de quien presencia un momento que le marca la vida muy hondo, porque le recuerda, esa jugada de fantasía, que la vida no se trata solo de esforzarse por existir, sino de presenciar la existencia en sus imágenes más magnánimas.

“Dicen que el fútbol incita a la violencia, pero yo creo que lo peligroso es la masa, y que en el fútbol la masa encuentra sensaciones olvidadas: la heroicidad, la derrota digna, la épica incruenta, esas cosas tan difíciles de encontrar en la vida civil», dijo Javier Marías a El País cuando presentó su libro ‘Salvajes y Sentimentales: letras de fútbol’.

Y así es mientras uno crece y se aleja de la magia, se va llenando de carencias, a veces las normales de la realidad contemporánea, a veces cargas externas autoimpuestas. El caso es que, poco a poco se le cierra el lugar a la belleza, para dejárselo, en cambio, a la seguridad, la estabilidad, la tranquilidad, en fin, todo aquello que se identifica con la palabra bienestar.

Y en ese marco uno comienza a preguntarse qué más hay que dejar para vivir bien. Hay que dejar los vicios, las preocupaciones externas exageradas, todo aquello que implique algún mal para el desarrollo propio, y ahí llega lo más triste: creer que el arte es un vicio. Creer que la belleza de los momentos de gloria y heroísmo de nosotros, los que no somos nadie, vale muy poco.

El mundo está lleno de métodos y manuales para dejar los vicios y las malas costumbres. Programas para lograr, paso a paso, reconocer todo lo negativo de esa práctica que atrofia. Y he ahí la clave: reconocer el autodaño y realizar un compromiso interno, tal como lo hice yo alguna vez con mi equipo.

No más discusiones, no más enfrentamientos con nadie, no más sufrir durante 90 minutos para “jugar como nunca y perder como siempre”, no más putear al arbitro, no más llorar desconsolado porque no podemos ganar, porque no podemos ser grandes como esos otros que siempre hemos visto por encima de nosotros, porque estamos demasiado cerca de caer a la segunda división. ¿Cómo es eso posible si somos millones alentando y no solo en el país? ¿Cómo le hacen esto a la gente?

Y todas esas circunstancias me llevaron un día a tomar una decisión: guardé todas mis camisetas, me alejé de todos los medios de información, apagué el televisor, abandoné no solo el estadio cuando el equipo más me necesitaba, abandoné a mi familia, a todo lo que le dio significado al verbo creer desde que abrí los ojos al mundo.

Para mi sorpresa y para contradecir esas ideas tan débiles de ateísmo futbolero, en esa misma época ocurrió algo inesperado: mi equipo llegó a la final, luego de estar luchando por no descender durante dos semestres, fuimos locales tanto en la ida como en la vuelta. Llenamos un estadio ajeno, llenamos una ciudad ajena y en una de esas tribunas estaba toda mi familia, menos yo, y lo vi por televisión cuando estaba a un Transmilenio de distancia, esa noche entre lágrimas me prometí que nunca más iba a renegar de lo que hay en mis propias venas.

Fue un 26 de mayo del 2010.

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