Opinión

En el barrio del futuro no hay tiendas ni panaderías

10 minutos

Publicación: 12 de Octubre de 2017

Autoría: Aquileo Venganza

Oferta artesanal. Ilustración: Igor Grasso.

Lo que en Colombia solemos llamar, ‘tienda de barrio’, que para los analistas de mercado recibe el nombre de ‘canal tradicional’, es el espacio ineludible en el cual se observan, en la práctica, las costumbres y características propias del mercado familiar y las mismas dinámicas de clase que terminan definiendo las abismales inequidades.

Según Fundes Colombia, existen cerca de 450 mil tiendas en el país, cada una de ellas atendiendo a 50 familias en promedio. Sin realizar ningún cálculo, se puede evidenciar a simple vista que la participación de estos espacios en el mercado de la canasta familiar maneja cifras abrumadoras. No es de extrañarse que, pese a los nuevos actores comerciales, los principales analistas sigan situando a la tienda en el lugar central de la economía y el consumo familiar.

Estos nuevos actores son bastante conocidos en la actualidad. Solo basta con levantar la cabeza para darse cuenta que sus establecimientos comienzan a habitar las ciudades con omnipresencia. Están en cada esquina, con su modelo franquiciado, penetrando todos los intersticios de las brechas sociales, apoyando el desarrollo industrial de las pequeñas y grandes empresas nacionales, fortaleciendo el poder adquisitivo y la expansión de una gran clase media que impulsará, dinamizará y balanceará la economía a futuro.

Sin duda la nueva participación de estas tiendas en el país tiene que ver con una estricta concordancia frente a la demanda del consumidor. La realidad y las cifras en Colombia nos indican que la participación en compras se ha reducido en todos los niveles, menos en estos espacios, donde en poco tiempo las llamadas tiendas de Hard-Discount han comenzado a obtener cifras anuales que superan los billones de pesos en ventas.

Para un formato que lleva poco más de 10 años en el país, beneficiarse de la realidad nacional ha resultado plenamente satisfactorio. Mientras muchos sectores y marcas tradicionales son víctimas de la reducción adquisitiva por parte de los colombianos (de acuerdo a Kantar Worldpanel el gasto de los colombianos decayó 7% entre diciembre y enero), aquellas que son proveedoras de las tiendas de descuento reportan más y más crecimientos activos cada año a diferencia de sus competidores.

No es de extrañarse que, en un marco con dichas características, la predilección por los saberes y costumbres populares y tradicionales, termine convirtiéndose en un reclamo nostálgico hacia algo ajeno que se quiere hacer propio para vender. Por eso existe también el amigable fenómeno de convertir todo lo tradicional y popular en artesanía, extraer esa bella nostalgia de los bolsillos de los consumidores en forma de dividendos, convertir la tradición en industria, para que se mantenga viva de la única manera en que las cosas pueden estarlo en el mercado: produciendo.

Por eso tampoco sorprende que los productos y entornos comerciales con el rótulo de “artesanía”, supuestamente con la calidad de ser elaborados por un “artesano”,  maestro de su oficio, integren precios y materias primas (por supuesto orgánicas y de alta calidad), que actúen como un guiño, no tan disimulado, a aquellas personas que tienen el poder adquisitivo para comerse una artesanía cara y saludable, con forma de pan.

La globalización ha venido estandarizando los productos, la adquisición y la calidad de vida en entornos que antes no tenían mucho en común. La localización, de los saberes, de las costumbres y prácticas, se ha alterado irremediablemente. No es un asunto meramente geográfico, se trata del desplazamiento y el reemplazo del concepto de subsistencia: crear para sobrevivir en mi entorno; por el de crear para venderles mi entorno.

Se puede ejemplificar de forma muy simple:

Las personas en Bogotá compran productos tradicionales de alguna región alejada del país, los mueve, tal vez, la nostalgia de regresar sensitivamente a su lugar de origen o la atractiva idea del exotismo. Proviene de una pymes que tomó un producto tradicional y estandarizó su producción para que esta fuera más eficiente y masiva. En dicho proceso se perdieron algunos saberes y consideraciones mínimas que terminan afectando el resultado final de formas que el consumidor nostálgico va a ignorar por desconocimiento o resignación.

Paga cuatro mil pesos (moneda corriente) y se va satisfecho, por un lado por apoyar a una pequeña empresa que se suma a la innovación productiva y por el otro, está reivindicando los sabores de su tierra.

En la región, donde se produce ese mismo elemento, tenemos a otro consumidor, que no le importa en lo más mínimo la nostalgia de origen, simplemente no la necesita. Se dirige a la esquina del barrio y compra el mismo comestible por mil pesos (moneda corriente). La satisfacción que siente es fisiológica, porque tiene hambre y se está alimentando, además de que su encuentro con los sabores es auténtico y sin intermediarios.

La economía y la globalización son simples de facto: el mercado capitalista se regula por la libre competencia de sus actores, quien presta un servicio más eficiente, de mayor calidad y mejor precio es quién triunfa.

Negocios que pertenecen a poderosos grupos económicos, liderados por personas que conocen desde adentro las minucias y trucos del mercado interno, como Ara, D1, Justo & Bueno o Tostao, han penetrado con su modelo de negocios en la realidad nacional transversalmente, apoyando el ascenso de la industria nacional emergente, teniendo la posibilidad de desligarse de las responsabilidades ampulosas de la publicidad y las grandes marcas.

Pero por mucho que el mercado se renueve, la construcción de las leyes tácitas y arbitrarias es lo más perdurable en la sociedad colombiana. La informalidad crea sus propios precios por un lado, inflando aún más las inequidades que se viven al interior de una misma ciudad. Mientras al mismo tiempo, las marcas de las cuales han logrado librarse las tiendas de descuento, juegan libremente con la variabilidad de un negocio del cual dependen millones de familias en el país.

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